¿Por qué el universo habría de tomarse la molestia de existir?

Imagen por Cristóbal

Es una molestia existir. Primero te tienes que crear a ti mismo porque no hay nadie que te eche la mano. Luego, tienes que verter el tiempo y las dimensiones a todo tu alrededor y cuidar que las partículas se lleven bien. Si eso no fuera suficiente, luego te tienes que aburrir esperando a que las galaxias comiencen a hacer lo suyo. Lo peor de todo es que ya que te estableciste en el vecindario, tienes que cuidar que no se te derramen las galaxias mientras estas siguen creciendo y hacen su propia vida. Ah, y vida, esa cosa que solo da dolores de cabeza. Si no usas preservativo puedes terminar desarrollando humanitos. Y esos, esos son unas cositas súper minúsculas pero tan problemáticas como las galaxias. Primero, tienes que cuidar que no se maten entre ellos, segundo tienes que mantenerte al tanto de sus modas y sus costumbres y lo que consideran genial para que no conozcan todo sobre ti. Y tercero, por si esos malagradecidos no dieran suficiente trabajo, tienes que cuidar que no destruyan uno o dos planetas.

Aunque, eventualmente tienes que dejar volar a tus humanitos. Esos pequeñines no pueden estar por siempre existiendo. Así que haces pum, y su sistema planetario desaparece con ellos. Pero no te preocupes, eres vasto, y si quieres humanitos de nuevo, puedes tenerlos en cualquier otra zona. Más tarde, cuando hayas crecido y te des cuenta que te estás volviendo viejo y decrépito más y más rápido, te darás cuenta que esas cositas con sus manitas repletas de pólvora y armas de destrucción masiva te hacían pasar un buen rato.

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La humanidad y sus nombres

Imagen por Charles-François Daubigny

La especie humana está obsesionada con nombrar todo. Nombramos cosas que podemos sentir, cosas que podemos ver, cosas que podemos oler; si lo podemos percibir, le ponemos un nombre y luego nos vamos a dormir satisfechos. Estamos tan obsesionados con los nombres que le ponemos nombre a los fenómenos y a lo intangible. Si sucede, hay que ponerle un nombre. Y de nuevo nos llenamos el pecho de aire y nos vamos satisfechos a la cama. Llegamos a tal punto con la obsesión de nombrar cosas que incluso tenemos un puñado de grafos y sonidos para las transiciones entre dos nombres. Si puedo pensar en algo que ya tiene nombre y una segunda cosa igual, ¿Cómo diantres se llama lo que está en medio? Exista o no exista, le ponemos un nombre. Ah, y luego terminamos en la cama roncando. El colmo es que la especie humana es imaginativa, es capaz de pensar y es consciente de ello, así que también hay que ponerle nombre a todo lo que se puede pensar, y a ese mecanismo que nos permite ponerle nombre a las cosas. Ah y claro, somos humanos así que hay que dividir en pequeñas piezas ese mecanismo y ponerle nombre a cada una.

Y somos buenísimos para nombrar cosas porque viene alguien, mira una piedra y le llama piedra. Le dice a todos a su alrededor que esa cosa tiene el nombre de piedra y así deberíamos llamarle todos para entender que nos referimos al mismo bulto. Entonces esa persona va y se le ocurre morirse. Y ya no puede decirle a otra gente que se le ocurre nacer que el le puso ese nombre a esa cosa llamada piedra, pero hay otros vivos y no tan vivos que saben que se llama piedra pero no se acuerdan de donde salió el nombre, así que le dicen a la gente nueva que esa cosa se llama piedra y listo. Así, eventualmente viene alguien y le llama diferente a la piedra, y el resto toma de loco a este loco. ¿Por qué se llamaría otra cosa sino piedra? La misma cosa se llama piedra, así le hemos llamado desde siempre o al menos desde que tenemos memoria, por lo tanto el nombre de esa cosa debe ser piedra. Es como si ese bulto hubiese nacido con el nombre de piedra: un humano se tropezó con la piedra y esta le dijo que anduviera con más cuidado, ah y que por cierto, su nombre es piedra. Se nos olvida que uno de nosotros le puso ese nombre. Ese bulto no se llama piedra. No sabemos como se llama, lo más probable es que los nombres sean algo irrelevante para el bulto, después de todo no forma parte de la especie obsesionada con nombrar cosas.

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La magia de la mediocridad repetida

Ilustración por Luis Zuno

La mediocridad es terrible. No solo por sus resultados sino por el efecto que la repetición puede tener en la persona. He estado en esa situación. Estoy cansado, simplemente no tengo ganas de hacer, ando distraído, algo pasa en mí que me hace rendirme, que me hace decir 'ya, así está bien' y lo dejo todo. Simplemente no me esfuerzo más. Me conformo con que aquello que estuviese haciendo se vea medio bien o medio funcione. Me conformo. Y no tiene nada de malo. Somos humanos, nos cansamos, nos aburrimos. El problema es cuando se hace seguido y se vive en un ambiente donde todos a tu alrededor lo hacen continuamente: Empiezan más de lo que terminan, se excusan constantemente. Uno termina acostumbrándose a la mediocridad.

No hablo de que, por arte de magia, uno se vuelva mediocre al ver a otros y descuide todo a su alrededor y termine como en una película trágica de guión, irónicamente, mediocre. No. Hablo de ciertos puntos. De ciertas maneras. De ciertos estilos y métodos. Cuando uno es mediocre de manera repetida, sea la razón por la que sea, en cierto aspecto, uno termina acostumbrándose a aquello. Son pequeñas partes de nuestro día a día que no hacemos de la mejor manera. Hablo de dejar algo sucio por aquí simplemente porque rara vez lo usa uno. O elegir métodos más sencillos pero medianamente efectivos para hacer algo. Son pequeñas cosas, pequeños quehaceres que hacemos a medias. Porque ahorramos tiempo, porque ahorramos energía.

Nunca debe uno justificar sus actos mediocres. Todos nos cansamos, nos agotamos, perdemos la energía, o esta simplemente se desvía. Es normal. Pero se debe tener cuidado. Ser consciente de la repetición de estos actos.

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Fracasar y luego volver a fracasar


En un mundo en el que todos ganan, nadie gana. ¿Qué diferencia hay en mis actos si la recompensa es la misma para todos? No importan quien haga qué, si al final del día todos reciben la misma recompensa. Me parece terrible esa lección que algunos quieren enseñarle a las nuevas generaciones.

En la victoria solo hay placer pasajero. Nadie aprende nada cuando aplica un plan y todo va de acuerdo al mismo. ¿Qué caso tiene planear entonces? En el fracaso, en sentir el segundo lugar, en erguirse frente a alguien más alto es donde se encuentra el verdadero valor. Al fracasar uno aprende qué hizo mal, qué puede mejorar, qué falló, faltó, qué sobró. Al fracasar uno aprende. Y aquella derrota perdura. Entre más cercana fue a la victoria, más perdura en la mente. Más aprende uno, más se esfuerza.

En el fondo a los seres humanos no nos gusta ganar realmente
. Porque es aburrido. Si ganamos, luego ganamos y al final seguimos ganando, nos aburrimos. No quiero decir que precisamente nos guste perder, pero deberíamos disfrutarlo. Porque ahí es donde está lo interesante. Porque nos esforzamos por no volver a perder, por acercarnos un poco más al primer lugar. Inevitablemente somos animales gregarios, y algo muy dentro de nosotros nos hace querer destacarnos por sobre nuestros semejantes y eso está bien porque, de cierta manera, nos hace esforzarnos. Perder es maravilloso. Fracasar es parte de nuestra humanidad. Es lo que nos hace mejorar. No hay vergüenza en fracasar una y otra vez, solo aprendizaje.

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Somos personas completamente distintas

Foto por Cristóbal
No importa que tan natural parezca tu rutina. Que tan comunes sean algunas de tus costumbres. No importa que aquello que tú haces lo hagan millones de personas más. Porque allá afuera en algún lugar del mundo, debajo de un techo de madera o uno de concreto hay alguien que hace exactamente lo contrario. Lo hace todos los días, y para esa otra persona eso es lo natural. Y, de la misma manera, hay miles de personas como él o ella que hacen eso mismo todos los días y eso es lo natural para ellos. Y hablo de todo tipo de cosas. Hablo de algo tan natural como el reaccionar y sentir, de algo tan común como nuestra comida y de algo tan sutil como la manera de llevarnos esa comida a la boca. Algunos usan tenedores, algunos más palillos, otros más las manos y unos pocos no tengo idea de que usan. Y para cada uno de ellos, su manera es natural. Aquellos movimientos sutiles, aquellas creencias estrafalarias, aquel peinado que nunca creíste poder ver, aquella ropa, aquellos movimientos al hablar, aquellas formas de reaccionar a eventos que puedan parecer universales, aquel sentir. Todas esas formas tan locas y diferentes a las tuyas son naturales para esas otras personas. Tú forma no es la correcta, tampoco la de ellos. Solo somos personas completamente distintas. Podemos sorprendernos y maravillarnos, podemos incluso extrañarnos al ver a alguien que no llora la muerte de uno de sus familiares, al contrario se alegra, podemos pensar que aquel sentir no es natural, que aquella persona puede estar enferma. Podemos reaccionar de miles maneras ante estas formas distintas. En nuestras diferencias es donde está lo interesante. Somos personas completamente diferentes, vivimos bajo techos diferentes, despertamos a horas diferentes, comemos diferente, sentimos diferente. Somos personas completamente diferentes y podemos maravillarnos el uno al otro.

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